Para Morrigane, como para cualquier grupo, salir a tocar —sea donde sea— siempre es “un sueño”. A final de cuentas, si uno forma parte de una banda, es para intentar que tu música llegue (y guste) tan lejos y ampliamente como sea posible. Por eso, una espinita que teníamos clavada era la de nunca haber salido a tocar fuera de nuestra Andalucía.
Realmente, por distancias y por proximidad con otras regiones, ya teníamos muchos kilómetros dentro del cuerpo. Por poner un ejemplo, los conciertos que dimos en Nerva (Huelva) y Vera. Así, Nerva está al ladito de la frontera portuguesa y al ladito de la frontera extremeña (allí ganamos el “Pirita Rock” de la Diputación de Huelva). Y, por la “otra banda” de Andalucía, Vera está ya pegando a la frontera de Murcia (allí tocamos el año pasado, y allí es de donde, a la hora de escribir estas líneas, aún no hemos cobrado la actuación ---ya le vale a la organización de “Veractiva”, joers).
Pero
nunca habíamos cruzado “esa fronterita” andaluza.
Pues bien, este verano lo hicimos. Y además,
lo hicimos en uno de los sitios más bonitos y cargados de Historia de toda España. Y además con un concierto precioso, y con una gente encantadora tanto en la organización como en el público. Y esto es lo primero que quiero remarcar, desde luego; porque nos habían contado maravillas de los emeritenses, pero todo lo que nos habían dicho se quedó muy atrás con respecto a la realidad, puesto que todos los que conocimos allí fueron mucho más que hospitalarios y simpáticos: fueron simplemente GENIALES.
Gracias de todo corazón a Mérida por el trato que allí recibimos. ¡Esperamos volver muy pronto, ¿eh?!
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Entrando ya en “la reseña”, tengo que decir que, después del concierto de Serón —la noche anterior—, la verdad es que
andábamos un poquito justitos de sueño, y un pelín cansadillos. Y sabiendo —como sabíamos desde tiempo atrás— que esto iba a ser así, y que teníamos que volvernos esa misma noche —por razones laborales referentes a Juan Antonio—,
habíamos tenido la precaución de buscar conductores para el trayecto desde Granada a Mérida y vuelta a Granada (cosa que estuvo pendiente de un hilo por la “dubitativa” actuación de Rafa, como ya comentaré en un próximo artículo). Pero en cualquier caso, pudo ser. Y fue una decisión muy acertada. Quizá esto sea uno de los grandes “hándicap” de los músicos “no-reconocidos-comercialmente”: que no nos podemos permitir que nos lleven y nos traigan. Por decirlo claro: la puta carretera.
Para la gran mayoría de los grupos (como antes he dicho, aquellos “no-consagrados” comercialmente)
y para muchas de las “orquestas” de pachanga que tocan en ferias y en la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones),
la carretera es uno de nuestros peores escollos y miedos. Quizá algunos de vosotros que hayáis asistido a alguno de nuestros conciertos os lo hayáis podido parar a pensar; pero supongo que la mayoría de las personas que nos ven tocar entre las luces y el humo artificial, no se lo han planteado nunca: para la gran mayoría de los grupos como nosotros, tocar encima del escenario no es sino la “punta de un iceberg” que empieza mucho antes y acaba mucho después del escenario. Y dentro de ese iceberg de preparación de un concierto, y de ese post-concierto, suele haber mucha carretera y manta. Muchos kilómetros. En algunas ocasiones, distancias “tan solo” de 100 o 200 Kms. (hablo únicamente de ida, lo cual significan 200-400 en un día, contando con la vuelta). En otras ocasiones, 400 o 500 kilómetros. Y si los hados son propicios, y te llaman desde la otra punta de España (o desde Francia, o Suiza, o…), pues te puedes chupar perfectamente jornadas enteras de trayecto.
Un trayecto que sueles hacer, en bastantes ocasiones, después de otro concierto la noche anterior. Y
contando con el mejor de los casos, es un trayecto que tienes que hacer de ida (cuando aún estás casi fresco —“tan sólo” has tenido que desmontar el equipo del ensayo y encajarlo en la furgoneta: si alguien lo ve fácil, que venga a ver—)…
pero también es un trayecto que también tienes que hacer de vuelta. Es decir, cuando uno ya está agotado.
Sin sueño (eso es condición “sine qua non”: lo contrario sería suicida y asesino, algo criminal), pero cansado. Muy cansado, a veces. Y con ganas de llegar a casa o a donde sea que pueda uno descansar.
Y ¡oye!, que
llevas una furgoneta cargada (hasta los topes algunas veces —el que tenga experiencia comprenderá lo diferente y difícil que es conducir tan cargado—). Pues eso, que llevas una furgona cargada
de material… y sobre todo, de vidas: la tuya propia y las de tu grupo.
Cuando te pones en camino, sabes que el peligro puede estar en cada curva. Y no sólo por causa de un fallo humano tuyo, o de un fallo mecánico de la furgoneta. Ya ha visto uno a tantos hijos de puta jugándose a los dados su vida y las de los demás (incluyendo la tuya propia) que sabes que no todo depende de ti o de que no te reviente una rueda (o cualquier cosa así).
Porque tú puedes intentar ir a tu ritmo, manteniendo la prudencia, el control… Pero
en cualquier cambio de rasante o en cualquier recta de la autovía te puede venir la parca montada en un Golf, o en un BMW, o en una furgoneta con la baca cargada de fardos recubiertos de plásticos. Cuando ves que ha pasado de largo (algunas veces por los pelos), lo más que puedes hacer es soltar el aire contenido durante unos segundos, aflojar los dedos (blancos de tanto apretarlos al volante en esos instantes) y darle gracias a Dios de que no te haya tocado a ti. Porque sabes que, de todas formas, esa parca se llevará a alguien por delante; no sabes ni cómo ni cuándo, pero sabes que lleva “muerte” escrito en la matrícula. Eso sí que lo sabes. Tanto, como que en el DNI o en el pasaporte de su conductor/a, el nombre escrito pone “Lucía”, “Manuel” o “Muhammad”; pero que bajo las letras hay una calavera invisible escrita en un aura de un raro y oscuro transparente. Esa misma que ves envolviendo su vehículo. Lo ves, y recuerdas el cuadro de Gustave Moreau: “La Parca y el Ángel de la Muerte”. Y es que Lucía, Manuel o Muhammad montan un caballo que, cuando se estrella, se convierte en muchísimos kilos de hierro que se incrustan en la carne: que matan. Pero ellos
no se dan cuenta de que lo que conducen son casi dos toneladas de metal… cuando una bala pesa sólo unos gramos. Gramos suficientes para segar una vida. ¡Cuánto más, entonces, esa tonelada y pico de chatarra convertida en una guadaña de cuatro ruedas!
Como sabréis algunos, tras la marcha de nuestro ex-violinista, Jesús,
sólo quedamos en el grupo Juan Antonio y yo como conductores. Espero que en muy poco tiempo Iván se nos una, en cuanto termine de sacarse el permiso. Y —por fortuna— también conduce el que va a ser nuestro nuevo compañero y violinista fijo, Alberto (
desde ahora lo puedo anunciar, y posteriormente haré una reseña), aunque hasta después del verano no se va a estrenar al volante. En cualquier caso, puedo decir —no sé si pecando de falta de modestia— que creo que tanto Juan como este servidor somos muy buenos conductores. Pero también digo que puede estar uno cansado, después de un día de trabajo que continúa con mucha carretera, con una prueba de sonido, con un concierto en el que lo das todo, con recoger de nuevo todo el equipo y meterlo en la furgoneta, y… de nuevo a la carretera. Lo sigo diciendo: son muchos kilómetros y mucho cansancio.
Nota del Autor: como éste y los siguientes artículos están escritos a finales de Julio –perdón por el retraso—, incluyo aquí una apostilla que aún no había sucedido cuando dimos el concierto de Mérida. Y es que hace poco tiempo, el día 24 de junio, tuvimos que asistir completamente horrorizados (para estarlo así hace falta experimentar las circunstancias) al accidente que sufrieron nuestros compañeros asturianos del grupo “Felpeyu” por las carreteras de Álava, cuando se dirigían a tocar a Barcelona. Y aunque a continuación voy a escribir una humilde —pero muy sentida— nota de condolencia y solidaridad en nombre de todo nuestro grupo, no quiero dejar pasar de expresar ya desde este artículo nuestro más sentido pésame por la pérdida de Carlos Redondo e Igor Medio. Ni dejar de decir que esta profesión/afición de ser músico tiene más muertos sobre el asfalto que sobre el escenario. No conozco exactamente las circunstancias ni los motivos del accidente (y en ningún caso quiero decir que fuese por cansancio, ni por ninguna razón en particular), pero sí sé que como a ellos, nos puede tocar a cualquiera de los grupos/orquestas que recorremos las carreteras siempre que tenemos trabajo. Porque es mucho tiempo en la carretera. La puta carretera.
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Os pido perdón por haberme (como siempre) salido de la crónica del concierto; pero es que hay ciertas cosas que también forman parte de las vivencias de un grupo, que pueden hacer que nos entendáis mejor, que pueden acercarnos a vosotros; y que merecen la pena ser escritas, descritas y reflexionadas. Perdonadme, en cualquier caso… Sigo con la reseña:
Eran las diez de la mañana del 4 de junio cuando salimos de Granada.
Nuestra “expedición” consistía en una furgoneta alquilada y un coche particular. La furgoneta estaba conducida por nuestro buen amigo Abraham —que ya ha aparecido muchas veces en estas líneas; y que de nuevo se prestó gustosamente a oficiarnos de conductor (lo de este chico no tiene precio: ¡gracias de verdad, Abe!)—. Ocupábamos el resto de asientos Juan Antonio, Iván, José Carlos y el gañán que escribe estas notas del grupo —o sea, Agustín, un servidor—; y también llevábamos los instrumentos y pertrechos.
El otro coche pertenecía y estaba conducido por un buen amigo de Angie llamado Víctor —¡muchísimas gracias también a ti, Víctor!—, y en el resto de asientos estaban la propia Angie, Jesulito y Rafa.
Aunque cada coche fue por su cuenta (decidimos que era mejor que cada vehículo fuese a su marcha y con independencia), curiosamente los ocupantes de ambos vehículos
almorzamos en la onubense localidad de Santa Olalla del Cala (aunque a horas diferentes, puesto que los del coche llegaron y partieron bastante antes que los de la furgoneta). Y si bien Angie y Jesulito me contaron profusamente que los ocupantes del coche habían almorzado genial, de lo que sí puedo dar fe y hacer constar “en acta de primera persona” es de que el grupo de la furgoneta devoró (literalmente hablando: “aquello era un infiennnnno”)
una reponedora comida a base de gazpacho, ensalada, carne y huevos. “Casi ná”. ¡Pero vamos, que la carne de ibérico de Santa Olalla “fue mucho”, oiga!
En cualquier caso, digamos que llegamos a la hora convenida. O mejor dicho, los de la furgoneta llegamos casi puntuales… ¡porque
los del coche no estaban allí! ¿Dónde se habían metido? Iban con bastante antelación… Durante un momento empecé a temblar, pero fue sólo hasta que les llamé por teléfono y me confirmaron que
se habían pasado de Mérida, y que estaban regresando por la carretera. ¿?¿?¿? ¡Juaaaaaaaaaajajajajaja! En fin, al cabo de unos 20 minutos ya los teníamos con nosotros.
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En Mérida hacía un calor de los que podríamos llamar “finitos”. Vamos, que si ponías un huevo en el escenario, más que freírse, cristalizaba. Pero bueno, ya nos habíamos visto en alguna ocasión incluso peor (tampoco nuestra tierra es conocida por su verano polar), y con mucha agua fresca y buen humor, tiramos adelante.
Tocábamos en la Feria del Libro de Mérida. Y el espacio del evento (tanto el entorno de la feria como el escenario en sí) estaba
muy bien preparado y organizado; habiendo sido situado —por si faltaba algo—
en un marco tan precioso como acogedor para un concierto: el Parque de los Enamorados. Además,
la empresa de espectáculos “Indalo” (eran los encargados de todas la cuestiones técnicas y de management de la feria, además de ser quienes sonorizaban el concierto)
resultó ser de primera, con un equipo humano de auténtico lujo (profesionales, cordiales, atentos a todo lo que pudiese surgir, aportando soluciones…)
y con un equipo material muy bien compuesto y resuelto… ¡y en perfecto estado, cosa que no suele ser demasiado habitual!
Desde aquí queremos saludar y enviar un “abrazo de oso” a Indalecio y a Juan, que estuvieron a la altura de la gran profesionalidad y calidad humana que atesoran.
Quizá por esta probada profesionalidad,
la prueba de sonido resultó muy ligera y tranquila… ¡salvo para Iván! Desde el comienzo tuvo problemas a la hora de sonorizar la guitarra: zumbaba terriblemente. Primero pareció que podía ser un problema relacionado con la toma de tierra del escenario; posteriormente dio la impresión de ser un problema de los cables; luego algo relacionado con el transformador de la pedalera de efectos; a continuación se creyó que sería problema del amplificador. Por último, y una vez que el resto de variables quedó descartada, se llegó a la conclusión (contrastada con la experiencia) de que
el fallo estaba en la conexión interna de la guitarra. Iván sacó su “segunda guitarra” (menos mal que Iván y este narrador siempre nos llevamos un segundo instrumento cada uno, “por si las moscas”), y el problema quedó solucionado (por cierto, que de vuelta a Granada, José Carlos echó una mano a la reparación, y la guitarra quedó arreglada).
Tras la prueba de sonido, tuvimos el tiempo justo de darnos una muy pequeña vuelta. Ya estaban cerrados los monumentos (los horarios de visita no entienden de pruebas de sonido), así que nos quedamos sin poder contemplar muchas de las más hermosas maravillas emeritenses; pero simplemente el paseo ya mereció la pena. Me pareció (y esto es simplemente una impresión personal, pero que “sentí” allí) que
Mérida tiene ese “ambiente” humano pero cosmopolita que a uno le gusta tanto.
Tiene sabor. Mucho sabor. No es la típica ciudad “como todas”. Llamadme sentimental, tontorrón, o lo que sea; pero durante unos momentos me imaginé visitando la ciudad con mi Anuska: ella, aparte de su trabajo, estudia Historia. Ama la Historia (como yo, debo añadir). Y creo que disfrutaríamos como locos en Mérida. Me imaginé allí de visita con ella: por el día, comentando la Historia y los monumentos de la ciudad; y por la noche, paseando por unas calles y plazas que rezuman sentimientos por cada poro de sus paredes y arcos, que susurran leyendas desde sus ventanas, que inspiran palabras al viento y se prenden en el alma. De vuelta en el Parque de los Enamorados (hasta el nombre me gusta)
me prometí a mí mismo que tengo que volver (¡con mi Anuska!). Seguro. Y si puedo volver también con Morrigane, mejor que mejor.
La organización, fantástica hasta el último detalle, nos procuró improvisadamente —pero bien— de cenar. Y aunque tengo que decir que siempre nos encontramos las cosas bien dispuestas y “todo a punto” en cada evento donde está presente la mano de nuestro representante en Granada (¡el único y genial Enrique Acosta!); también es cierto que en Mérida nos encontramos con una organización de auténtico “chapeau”. ¡Va por ellos!
Con el último bocado salimos a afinar instrumentos y cambiarnos de ropa rápidamente.
A la hora convenida saltamos al escenario. Y de ahí en adelante, puedo decir que todo fue muy bonito: qué fácil se hace tocar y disfrutar cuando las personas que tienes delante te apoyan y participan de tu música, cuando se hacen parte del concierto, cuando suman en vez de inhibirse, cuando te reciben bien hasta que no se demuestre lo contrario (en vez de recibirte “con la ceja alzada” hasta que demuestres lo contrario, como ocurre en muchos otros sitios).
(Nota del autor: dado que, como antes he mencionado, tanto éste como los siguientes artículos están escritos a finales de Julio –perdón de nuevo por el retraso—, puedo establecer aquí una comparación al respecto: véase el artículo del festival “Benarock” para ver lo hostil que pueden ser, a veces, público y ambiente).
A nivel musical, creo que tuvimos un concierto con un buen nivel, en el que fuimos progresivamente “de menos a más”, aumentando poco a poco la contundencia —salvo el “St. Charles’ Isle” con el que iniciamos la actuación—. Pero tras esta pieza, empezamos tranquilos, con el “Bran’s Eternal Sail”, el “A Beira do Mar”, etc. A medida que nos animábamos viendo la respuesta que nos ofrecíais los que allí estabais, fuimos subiendo de registro. Y terminamos dando caña como unos locos, con nuestros “bises” más representativos, el “Brindemos” y nuestra particular versión de la BSO de “El Último Mohicano”.
Al final de los dos bises, cuando nos reunimos para el saludo final, nos llevamos uno de los aplausos más generosos y bonitos que jamás nos hayan dedicado.
La verdad es que
nos dejamos allí el pellejo a base de tocar, saltar, bailar (Angie y un servidor nos dimos nuestros buenos pases de danza),
cantar y sudar la camiseta. Y de sonreír. Mereció la pena, porque teníamos delante un público que participaba de nuestra música, que hacía palmas, que respondía con fuerza y simpatía a los malabarismos vocales de José Carlos en el “Norte & Sur”… Había gente de todas edades y condiciones, y cada uno respondió a su manera, pero todos magníficamente. ¡Incluso se vendieron bien nuestros CD’s tras el concierto! Y lo más importante:
recibimos muchas muestras de cariño en los camerinos: hubo muchos de vosotros que quisisteis venir a saludarnos y felicitarnos por nuestra actuación… Y como siempre digo, esa es nuestra “gasolina”, la que nos impulsa a seguir adelante. ¡Gracias, gracias de verdad a todos!
A la vuelta, carretera y manta de nuevo. Tan sólo quiero reseñar (en plan enigmático, tal vez algún día lo cuente por aquí) que
Juan Antonio se trajo un recuerdo “muy especial” de la Ciudad de Mérida; y que
los ocupantes del coche recibieron una última felicitación, igualmente “muy especial”. Y es que la noche está tan loca como llena de sorpresas.
Llegamos a Armilla (donde tenemos nuestro local de ensayo)
rayando las luces del alba. Y por unos minutos se nos pasó el horario para poder descargar nuestras cosas, así que tuvimos que llevarnos a casa los instrumentos y bártulos. Cuando Juan Antonio y yo dejamos en casa al resto de compañeros y devolvimos la furgoneta alquilada, ya era de día bien entrado.
Había sido un fin de semana muy largo, empezado en Serón y continuado en Mérida; pero realmente terminaría cuatro días después en el local de ensayo, con la expulsión de Rafa y la marcha de Jesulito.
Aunque eso es ya otra historia, y otra reseña.
Y esta la quiero terminar con la alegría de nuestro concierto en Mérida.
¡Graciasssssssss, Méridaaaaaaaaaa! ¡Esperamos volver muy pronto! ¡Os llevamos en el corazón!
¡Un abrazo de oso en mi nombre y en el de todos los que formamos Morrigane!
Agustín.